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sábado, 31 de marzo de 2012

Los Desnudos de John Currin

Con frecuencia la gente comenta lo extraño que son los desnudos de John Currin sin darse cuenta de lo extraño que es el desnudo mismo. Pensarías que es raro si, en el contexto de una revista de arte, estuvieras leyendo una descripción del falo de Currin (que por cierto se puede ver en unas fotografías publicadas por Wolfgang Tillmans). Pero sin embargo se ve perfectamente natural cuando un artista pinta una mujer desnuda. Si visitaras el estudio de Currin y el artista se ofreciera a mostrarte a su mujer desnuda, la esposa desnudada por su marido, hasta pensarías que él es un poco extraño. Pero si solamente mostrara Rachel with Butterflies (1999), un lienzo dulcemente pintado que representa a su esposa en una forma de desnudo flamenco falso, no le prestarías mayor atención. En psicología, el desnudar a tu esposa o a tu novia ante extraños es una perversión y en arte es un estudio de la figura humana.

Pero todo ello adquiere en Currin una impronta muy personal y una belleza extraña y contradictoria. Como en Honeymoon nude, que fácilmente nos recuerda de lejos una Venus de Boticelli o de Cabanel, por su precisión pictórica, por su rotundidad visual frente al espectador, con su contraposto clásico, o incluso por su propia desnudez, insinuante y atractiva. Pero como siempre en Currin, la primera visión de una obra suya no es suficiente. Como ocurre siempre en la buena pintura, su obra hay que verla y volverla a ver, porque sus lecturas son innumerables. Y entonces nos percatamos de su alegría despreocupada, lo que convierte a esta Venus en todo menos una diosa. Y luego advertimos su rostro curioso y su expresión incierta y sus dedos manieristas que requiebran un gesto delicado, y su cuerpo imperfecto, pero igualmente sensual. La obra de John Currin es tremendamente sugerente, y esa es su belleza, la sabia combinación de realidad y fantasía, de exquisitez y banalidad, de perfección y rareza

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Algunos lo denominan Realismo deforme, y es una de las manifestaciones artísticas más innovadoras que actualmente conforman una tendencia pictórica en la que junto al mismo John Currin podríamos incluir la obra de artistas como Lisa Yuskavage o Elizabeth Peyton. Se trata de una pintura que regresa a la figuración y que retoma la fuerza expresiva del dibujo y la claridad formal, pero que introduce asimismo una serie de elementos inquietantes que le otorgan un aire provocador que turba nuestra mirada y en parte nos repele y en parte nos conmueve. Su realismo es claro y nítido pero su enorme fuerza expresiva se alimenta de la deformación de los cuerpos hasta retorcerse en rasgos que nos recuerdan inevitablemente la obra de Cranach por ejemplo, pero también de otros recursos más frívolos que entroncan directamente con la cultura de nuestro tiempo: desde el kitch al erotismo, pasando por la estética de la publicidad, los pin up o el ciberarte.
El resultado es una obra diferente, nueva y extrañamente atractiva porque aúna la belleza formal que nos invocan sus modelados perfectos y su técnica exquisita, con una extraña rareza que hace tan sorprendentes sus escenas y sus modelos. A veces deformes, a veces incluso grotescas, pero siempre encantadoras. En el fondo hay un sentido ácido del arte que no renuncia a su papel de crítica social, porque muchas de las mujeres que nos representa Currin, son imágenes imaginarias y extrañas, que mezclan por igual la elegancia sensual de una barby, con la vulgaridad de lo cotidiano.


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John Currin es uno de los artistas más populares y conocidos en la actualidad. Forma parte de lo que se ha dado en llamar Realismo pictórico, una tendencia que no obstante presenta muy distintas variantes en la actualidad.

En general el Realismo pictórico de comienzos de este siglo es una tendencia que mezcla muchas y muy diferentes influencias. Para empezar es una pintura de una gran perfección técnica, de dibujo virtuoso e imágenes tan precisas como las vistas en los Primitivos flamencos (Sala 6), los artistas del Renacimiento (Sala 4), los del Neoclasicismo (Sala 14), o el Hiperrealismo del S. XX.

Pero por otra parte también aporta otras influencias que provienen directamente del arte del S. XX. Así, hay también un carácter expresionista, sobre todo cuando deforma los cuerpos y los gestos de forma antinatural, y no falta un gusto también por la frivolidad de algunos temas o la intrascendencia de otros, que se relaciona con el arte popular que se ha visto en el Pop art primero (Sala 11) y en la Postmodernidad después (en esta misma Sala).

Por todo ello, el llamado Realismo pictórico actual es una mezcla muy variada de estilos, si bien prevalece la figuración y la fuerza expresiva del dibujo preciso y la nitidez de la imagen.

John Currin es un perfecto ejemplo de todo ello, su pintura es de un realismo de gran claridad y perfección, pero que sin embargo resulta siempre un tanto extraño si miramos atentamente sus imágenes y sus escenas. Sus cuerpos siempre son deformes aunque no lo parezcan a primera vista; llegan a estar contrahechos en muchas ocasiones y son habitualmente desproporcionados, con brazos, cuellos o cabezas excesivamente cortos o delgados. Sus rostros también adoptan gestos y expresiones exageradas, que suelen resultar incluso grotescas. Por todo ello la obra de Currin tiene un carácter expresionista.

Aunque todo ello no impide que en sus obras prevalezca un aire alegre y divertido, que es lo que le otorga el tono desenfadado a sus cuadros, que lo relaciona con el arte popular.

Luego resumiendo, en Currin coinciden todas las características que hemos señalado en el Realismo pictórico: su excelente técnica y predominio del dibujo realista, sus deformaciones expresionistas, y la intranscendencia y el desenfado de sus temas que lo relacionan con las mismas propuestas del Pop art y la Postmodernidad.

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Realismo Atrofiado

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Manos grandes

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Probándose corpiños

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Y un claro homenaje fotográfico a esta última pintura...
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La Musa: Rachel Feinstein


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Algunos como yo habrán pensado en Julie Delpy, pero no lo es.

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ENLACES/FUENTES:

viernes, 30 de marzo de 2012

El rey de la nalga: Paul Sieffert


Paul Sieffert nació en París en 1874. Fue ante todo un pintor de desnudos, retratos e ilustraciones. Fue alumno de Gérôme, Guay Gabriel y Maignan y mostró en el Salón de París de 1894 en adelante. Fue galardonado con el Primer Gran Premio de Roma en 1902 y el Diploma de Honor en la Expo 1937. Fue miembro de la Sociedad de Artistas Franceses, y también se sentó en su comité de investigación de antecedentes. Fue nombrado Caballero de la Legión de Honor en 1931. También es conocido por sus vidrieras de colores, composiciones decorativas e ilustraciones exóticas.


Hasta aquí la biografía oficial y oficiosa (es muy difícil encontrar otra) de este pintor francés del siglo XX, bastante menospreciado por su academicismo entre los colegas, que con bastante razón y mala leche le llamaban a escondidas “El rey de la nalga”.

Pero esto fue en la última etapa de su vida. Antes la obra de Sieffert, era correcta, sin llegar a ser exquisita, y bien valorada, no solo por los jurados de las exposiciones nacionales, sino por compañeros, crítica y público en general. En ocasiones de sus pinceles surgían escenas más que memorables como la esta:

En realidad no tenían por qué llamarle así, al menos inicialmente. El motivo de la modelo yacente se incorporó a la obra de Sieffert tras su pensionado en la Academia de Bellas Artes de Francia en Italia, y la que podríamos llamar obsesión de la nalga, se fijaría en él poco después.

El caso es que nuestro pintor terminó pintando modelos reales o imaginarias en todas las posturas que una joven pueda yacer, pero preferentemente mostrando sus lindas posaderas, que, no obstante, no siempre le quedaron como era menester.

En muchos casos se reutilizaron las mismas posturas de modelos y hasta los mismos cuerpos y texturas de pieles, señal de que los cuadros obtuvieron su hueco en el mercado y proporcionaron al artista algo más que una cierta satisfacción carnal.


Se cuentan en torno a los ciento cincuenta los cuadros de este autor con escenas de desnudos reclinados, realizados en los últimos veinte años de su carrera, lo cual no significa que se hiciera viejo verde, sino que con el tiempo su temática pictórica se restringió hacia un solo motivo que le pareció lo suficientemente cómodo, estético y rentable.

Sin embargo, este clasicismo aplicado en exclusiva a las academias de desnudos femeninos, carecen de valor artístico más allá del ejercicio que el autor pueda completar en dos o tres cuadros, luego no dice nada nuevo y solo se justifican por su posible comercialización, lo que pronto levantará las cejas de los compañeros e irritará las lenguas que lo tachen de monetarista, cuando no de pacato y demodé.

Pero no olvidemos que tras los felices años veinte, Europa vive un periodo de involución moralista que se acentúa tras la Segunda Guerra Mundial, y es entonces cuando Sieffert continúa sacando su producción de tumbonas para mejor esparcimiento del voyeurismo Francés, lo que conduce a una reproducción masiva en imprentas baratas de estos modelos anónimos que pronto decoran las cabeceras de calendarios para talleres y fondos de cabinas camioneras.


El ostracismo al que queda sometido el pintor después de su muerte solo se explica por el deprecio que sufre su obra de desnudos, ciertamente correctos política y moralmente hablando, pero relamidos y hasta un poco cursis.


Por esta circunstacia desentrañar la vida y el resto de la obra de este autor resulta una tarea muy complicada, aunque en los últimos tiempo se aprecia un repunte de la cotización de estos lienzos en las salas de subasta, donse superan en ocasiones los 20.000 euros, algo que sin duda erizaría el bigote de Don Paul:

Autoretrato de Paul Sieffert














Fuente: http://ensuciandolasparedes.blogspot.com.ar/2011/01/paul-sieffert.html

Las hijas del Cid y Una increíble historia de castidad


“Mujeres apaleadas por dos caballeros que huyen a lo lejos”

Este subtítulo irónico figuraba en el catálogo de la Exposición de 1871 en la que este lienzo de Puebla Tolín recibió algo más que amargas críticas, básicamente por su amaneramiento y extrema dulzura, en tratándose de tan escabroso tema el que toca, como los maltratos de género, (femenino). El cuadro no consiguió premio alguno en la Exposición, pero tras una medalla de consolación, el pintor recibió del Estado español 8000 reales por el lienzo, que se expone ahora en el Prado. Pero ¿que hacen dos tetudas sufrientes amarradas en pleno bosque?:

Esta antigua leyenda española, que data y aparece en el Poema del Mío Cid, tan dudosa e increíble como los cuadros que la han ilustrado, ha servido a los pintores del XIX como excusa para practicar el desnudo femenino morboso sin que les insultaran directamente y se limitaran a pensar mal y envidiosamente de ellos, pues ha habido otros, como Domingo Valdivieso, que han mostrado otros desnudos bastante más aparentes.

Lo primero es decir que las tales Doña Elvira y Doña Flor, las dos supuestas hijas del Cid, cuyos nombres aparecen así en el mencionado poema (una interpretación ‘bastante libre’ de la recuperación de la honra del Cid, escrito en torno al 1200) no existen ni existieron nunca. En realidad las hijas de Don Rodrigo se llamaron María y Cristina (y Diego el hijo, que aquí no pinta nada). La primera se casó con Ramón Berenguer II conde de Barcelona, y la segunda se casó con Ramiro Sánchez de Navarra. Pero si falsos son ya estos nombres mucho más lo es la milonga siguiente que nos cuentan desde la Edad Media y que viene a decir:

Los Condes de Carrión, Diego y Fernando, habían casado con las hijas del Cid más en busca de sus riquezas que de sus amores, y habían dado buena muestra de su cobardía en la batalla, ante lo cual el Cid mandó a sus criados que soltarán un león (manso) en su presencia. Los dos condes se aterraron ante el felino y Don Rodrigo le agarró de la melena y le volvió a meter en la jaula. Así dejó en ridículo a los dos de Carrión, que juraron secreta venganza. Total, que a la primera de cambio, con el pretexto de llevar a sus mujeres a Castilla, pararon a dormir en el robledo de Corpes, donde tenían pensado de paso matar al señor moro de la zona, el rey Abengalbón, (que descubre su plan y no se deja) y ambos yacen plácidamente con sus esposas en el bosque, retozando como les place, pero al día siguiente se levantan con mal pie, las atan a ambos dos robles y les reparten un par de manos de hostias con cinchas de cuero, a lo que las desdichadas suplican que las rematen (¡!) :

“cortadnos las cabezas, mártires seremos nos.
Moros y cristianos hablarán de vuestra acción,
dirán que no merecimos el trato que nos dais vos”.

Pero los Condes ni caso y a lo suyo, huyendo a caballo del lugar, porque a pié no hay quien huya de nada, las dejan atadas y desnuditas, de manera parecida a como nos las enseña el Valenciano Ignacio Pinazo en su excelente lienzo, aunque en realidad el texto dice que las dejaron con camisa.

“Los mantos y las pieles les quitan los de Carrión,
con sólo las camisas desnudas quedan las dos”

Por lo que podemos concluir que las camisas se las quitan los pintores y no los Condes, un asunto de ‘puesta en escena’:

Al día siguiente Féliz Muñoz, (llamado así no sabemos por qué, dada la cara de Rasputín, con perdón, que le pintan aquí debajo) las descubre, las desata, les quita las hojas de las ingles, y las lleva a San Esteban de Gormáz, donde ya vestiditas, los hombres del Cid se hacen cargo de ellas y las trasladan a Valencia, el hogar de su padre, al que hallan deseoso…¡de volver a casarlas!

“juro por esta barba, que nadie me mesó,
no lograréis deshonrarme, infantes de Carrión;
que a mis hijas bien las casaré yo”.

Pues bueno, después de tantas vueltas, el asunto de la humillación, paliza, felonía y mal hacer de los de Carrión se ha transformado en un asunto turístico, y así lo publicitan en Castillejo de Robledo, en Soria. Es como si al andar por la Alcarria nos encontráramos con carteles que dijeran, ¿quiere usted visitar la Ínsula Barataria regida por Sancho Panza?. En fin, que alguien debería decirles a los castillejorobledanos que todo este asunto tiene pinta de ser bastante falsete y que en todo caso, hasta los delitos reales prescriben, malo está que este maltrato altomedieval siga siendo objeto de escarnio tras más de nueve siglos.

Que no es mi intención la de defender a maltratador alguno, sean o no de Carrión, o aunque ya ni huelan, pero me pregunto si me haría gracia que me soltaran un león cerca para reirse de mi reacción, y por qué diablos pegan a las mujeres si con quien están enfadados es con el suegro, y también me pregunto quién tenía más ganas de deshacerse de las mozas, si los maridos o el padre, y por qué diablos ellas pedían que les mataran como si no les bastara con la paliza, y hasta me pregunto si es que los pintores del XIX no podían haber encontrado otro suceso menos dramático para su reincidente labor de mostrar teta.

Fuente: http://eldibujante.com/?p=2081



Una increíble historia de castidad

Existe en la Biblia una historia que pocos pintores se han resistido a pintar y que siempre nos ha resultado difícilmente creible, o sospechosa y repleta de oscuros aspectos sin aclarar: Es la historia de “Susana y Los Viejos”, que Guercino pinta tan preciosamente como puede verse, atreviéndose a hacernos partícipes de ella y hasta cómplices de los dos viejos, uno de los cuales se dirige a nosotros y nos indica que guardemos silencio o bien nos advierte ante el execrable hecho que pretenden perpetrar ¿O no es para tanto?

Nos cuenta la Biblia, en el libro de Daniel, una extraña historia que podemos someter a ciertas dudas y que tiene todos los visos de haber sido un escándalo mayúsculo, no sé si real o ficticio (como todo lo bíblico), pero indecente y socialmente pornográfico, digno de cualquiera de los programas televisivos actuales que nos revuelven las tripas día tras día impúnemente. La historia en sí, que adjunto extraída literalmente de la fuente original (pulsa aquí para leerla en nueva ventana), nos cuenta el acoso al que sometieron dos viejos jueces a la casta Susana, mujer de Joaquín, mientras se bañaba desnuda en sus jardines privados. Pero quizá no sea todo tan sencillo com se cuenta:

Lo primero que nos estraña de esta historia es que sean dos viejos los presuntos violadores. No es que lo dudemos, pero estas cosas de la violaciones son más propias de jovencitos hormonados que de decrépitos seniles, y a más, los malos de esta película no son dos gañanes anónimos, sino dos respetables y venerables ancianos jueces, ‘a quienes se dirigían todos aquellos que tenían algún litigio‘ y que solían resolver precisamente en la placidez de los jardines de Joaquín, el marido de Susana, que en esta historia parece no enterarse de nada, a pesar de su enorme riqueza y poder. Ya digo que resulta chocante que los jueces hayan decidido irse de farra juntos y que ya puestos se hayan embarcado en la osadía de folgarse conjuntamente a la maciza bañante.

Y aún más extraño es que los dos vejestorios, sabedores de que estaban solos con Susana en un jardín cerrado con llave, se dirigieran a la joven desnuda ¡¡¡a pedirle permiso para beneficiársela!!! Bueno, estos ni son violadores ni son nada serio. ¿Dónde se ha visto que unos delincuentes actúen con tamaños miramientos?, ¿Qué pensaban los viejos que les iba a decir la bella desnuda?, ¿Pero no eran conscientes de que el marido de Susana, el tal Joaquín, era jóven y rico y que todos los días yacía con su mujer?

Pues no, no debían serlo, pero lógicamente obtienen la negativa de Susy, aunque con extrañas palabras, ya que no se le ocurre a la moza otra cosa que comenzar diciendo “¡Ay, qué aprieto me estrecha por todas partes!”. ¡Hombre Susana, un comedimiento, que estás en pelotas delante de dos tíos dispuestos a todo!. Pero sea como fuere, el caso es que no se ponen de acuerdo en lo de las folganzas y entonces todos comienzan a gritar como descosidos. ¡Qué bochornoso espectáculo!.

Llegan corriendo los miembros del servicio y comprueban las diferentes versiones que dan los viejos (En resumen: Susana se estaba zumbando a un joven y apuesto maromo que salió corriendo, lo que nos espantó tanto que no tuvimos más remedio que ponernos a gritar ¿?) y la que da Susana (También resumida: Estos dos me estaban buscando y me van a encontrar, ¡vaya que si me encuentran!).


Hasta ahí todo normal, osea que es normal que difieran las versiones, pero lo que no es normal es que delante de la Corte Penal solo prevalezca la versión de los viejos. ¿Pero no eran los viejos los que estaban en casa de Susana? ¿Y eso no es sospechoso?. Pues no debía serlo porque de momento la condenan a muerte, para ir haciendo boca. ¿Pero por qué si ni siquiera sabemos a quién se estaba zumbando Susanita?. Vale, mal está que la tia buena haya echado una cana al aire, pero eso no es tan grave como para matarla cuando ni siquiera su marido ha levantado una queja. ¿Y si era el marido disfrazado el supuesto maromo que salió corriendo?¿Qué sabemos de las fantasías sexuales de la pareja?

Porque desde luego el pobre Joaquín no te creas que dijo ni pío, “si me matan a la parienta por algo será” debió pensarse, ya que no parece que hiciera el más mínimo intento por aliviar la situación, un tanto comprometida -para qué negarlo- de su mujercita. Pero hete aquí que de no se sabe dónde surge un tal Daniel (vaya hombre, se llama igual que el profeta que cuenta esta historia) que con una forzada puesta en escena se pone a gritar –aquí todos gritan- diciendo: “Yo estoy limpio de la sangre de esta mujer”. ¿Cómo?, le responden los jueces, ¿Qué quieres decir?

Es entonces cuando Dany, nuestro héroe, monta una defensa legal improvisada que pasará a los anales (bueno, dejemos los anales aparte), a los libros, de derecho romano, por lo menos. Ahora es algo común porque ya hemos visto en mil películas de Hollywood cómo el abogado defensor somete a increíbles preguntas a los acusadores con el objeto de sonsacar unas contradicciones que hagan increíbles las diferentes versiones de la acusación, pero en aquel tiempo pocas leyes debían estudiarse si ni siquiera esta treta jurídica era conocida ¡por dos jueces!.

Porque la pregunta de Daniel el defensor no tenía nada que ver con el acto sexual, ni nada que ver con la pareja, ni con la identidad del maromo, se refería a la naturaleza del arbol bajo el que supuestamente retozaban refocilantemente los amantes sorprendidos. “Una acacia”, dice uno de los viejos, “era una acacia”. “No, era una encina, dice el otro”. ¿Pero qué más dá?, ¿O es que además de jueces tenían que ser botánicos?. Ellos solo acusaban de que dos jóvenes estaban follando debajo de un árbol, sin más. ¿No hubiera bastado con que uno de los jueces dijera: “¡y yo qué sé de árboles!” para desmontar el argumento de la defensa?

Pues nada, que esta estulticia resultó evidente por la confusión arbórea que dejó clara la tendenciosa pregunta de Daniel, y por ello los jueces perdieron su credibilidad delante de la corte, lo que llevó consecuentemente a la absolución de Susy, ¡¡¡y a la condena a muerte de los dos jueces!!!, ¿Pero es que siempre tenían que condenar a alguien a muerte?. Nosotros nos alegramos mucho de que Susy salga bien parada y no es que queramos defender a esos talescuales, que mal está que los dos chivatos levantaran falso testimonio, pero tampoco es para matarlos. Total, con cortarles la lengua hubiera bastado, o un pequeño destierro de varios meses al desierto… en fin, un poco de imaginación para no matarlos, que ya vemos que la situación de la judicatura israelí no era para tirar cohetes, porque estaba llena de presuntos violadores o de obsesos con la pena de muerte.

En realidad esta inverosimil historia tiene pinta de otra cosa más al uso. Decirme malpensado, pero yo creo que el tal Daniel tiene aquí algo más que decir que su alegato sobre la inocencia de Susana. ¿A qué cuento viene que salga en su defensa sin conocerla y enfrentándose solito a toda la clase jurídica? ¿No será que Dany y Susy…?. ¿De hecho, por qué el profeta Daniel cuenta esta historia de un héroe que lleva su mismo nombre? ¿No se estaría tirando el rollo el profeta sobre sus propias aventuras amorosas?.

A mí, personalmente también me da que pensar la actitud de Susana, que ante la pretensión de los viejos se lo piensa y no dice un no rotundo, sino que sus “aprietos por todas partes” le hacen valorar la conveniencia de tirarse a los jurásicos o no hacerlo, pero no por lo que diría su marido, sino por lo que pensaría su dios. Ese marido es un chollo, además de rico es tonto.

En fin, que de hacer una película sobre el tema, yo le pondría diferentes finales porque la propia historia se mantiene malamente y no da para mucho más que para esbozar unas sonrisas como las que hemos pretendido mientras veíamos las diferentes interpretaciones que grandes maestros de la pintura hicieron sobre la morbosa historia de la Casta Susana, y son tantas y tan variables las escenas que los pintores han imaginado, que en buena justicia no se puede decir que nuestras dudas estén demasiado descaminadas.

FUENTE: http://eldibujante.com/?p=7956#more-7956