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sábado, 18 de agosto de 2012

Arte contemporáneo y erotismo (2da. Entrada)

Segunda parte. Muñecas y maniquíes.
Ir a este enlace para leer la Primera parte

En mi entrada anterior comenté a algunos autores que en sus obras evocaban imágenes mediáticas de cargado contenido sexual. En este segundo post me referiré a poéticas que acuden a lo grotesco, lo macabro y lo cruel como un esfuerzo por separarse de las visiones edulcoradas, sensuales o excitantes que, de forma más o menos explícita, prevalecen en los medios de difusión masiva.

Un motivo frecuente en estas obras es el empleo de muñecas –o figuras que recuerdan a personajes sacados de cuentos infantiles- para representar un mundo de una sexualidad chocante, obsesiva y muchas veces sádica. La muñeca, como es bien sabido, es un juguete que desempeña una clara función de género. Las niñas ensayan los futuros cuidados maternos en esas réplicas de seres humanos. La fantasía infantil les confiere un poco de vida a esos remedos de cuerpos que admiten ser vestidos y acunados, que están provistos de brazos, piernas y cabezas móviles, de párpados que podrían abrirse y cerrarse. Para un adulto, que se ha disociado de esas ficciones, una muñeca podría ser un objeto macabro y hasta monstruoso: una figura humana inerte, que hace pensar en la deformidad física, en la desnudez y en inusuales experiencias eróticas. Un adulto podría ver a una muñeca, no ya como una criatura que demanda cuidados maternos -como los que suelen brindársele en los juegos infantiles- sino con un ser grotescamente cosificado.

Hans Bellmer, Muñeca, 1935-1936

Posiblemente no sea casual que el artista alemán Hans Bellmer iniciara su serie de muñecas en 1933, en el mismo año en que el Nacional Socialismo ascendió al poder. Las muñecas de Bellmer se han visto como protestas contra el culto al hombre ario y contra las muchas y horrendas estatuas que produjeron los artistas nazis. Las muñecas mutiladas, atrofiadas, formando cuerpos absurdos, son contemporáneas de las prácticas de la eutanasia y los experimentos con seres humanos ensayados por los médicos fascistas. Pero reducir la obra de Bellmer a una crítica política es privarla de gran parte de su encanto. Los surrealistas quedaron cautivados por la cualidad sexual de estas figuras, evidentemente próximas a uno de sus autores de culto: el Marqués de Sade.

Jake y Dinos Chapman, Zygotic Acceleration, Biogenetic Desublimated
Libidinal Model, 1995
Los hermanos Jake y Dinos Chapman podrían considerarse como unos continuadores de la obra de Bellmer.  Sus trabajos, hechos con maniquíes de niños, que llevan falos por cuernos o narices y bocas como vaginas o anos, son imágenes que aparecen al mismo tiempo que se descubren las clonaciones. Creaciones contemporáneas con los acelerados hallazgos genéticos y de un mundo que muchos perciben como apocalíptico. Jake y Dinos Chapman muestran conjuntos siniestros, donde las imágenes de la infancia poseen una violencia fría, que se expresa en la deformidad física.

Paul McCarthy, The Saloon, 1995-96, técnica mixta, vista de la instalación.




El artista norteamericano Paul McCarthy compone obras grotescas, de una sexualidad descarnada. Muñecas como pimp up girls, políticos como Bill Clinton o George Bush copulando con cerdos, inmersos en la inmundicia, exhibiendo sus carcajadas groseras.  

Paul McCarthy, “Paula Jones”, 2007.

En 1969 el escultor británico Allen Jones concibió estas figuras femeninas, como objetos domésticos, que participan de alguna relación masoquista. Como era de esperarse, las obras de Jones fueron muy criticadas por las feministas.
Allen Jones, Chair, 1969
La artista inglesa Sarah Lucas hizo versiones burlonas de las mujeres-muebles de Allen Jones. Sillas con piernas abiertas, como si fueran muñecas de trapo. Pero en contra de lo que pueda suponerse, Lucas ha dicho admirar la obra de Jones.

Sarah Lucas, Make Love, 2012

Annette Messager, Articulés-désarticulés, 2002
Para la creadora francesa Annette Messager, los cuentos infantiles son historias horribles. Ella juega con lo macabro que poseen los muñecos de trapo, en instalaciones donde las figuras parecen flotar en el espacio, evocando un imaginario que mezcla la magia negra con el mundo infantil, los muñecos mutilados con la sexualidad. Un mundo también para reír. Porque en mi opinión estos autores también aspiran a provocar la risa, más allá de agitar los prejuicios del espectador.
VanessaBeecroft es otra cara de la moneda. La artista transforma a las modelos en maniquíes, en seres cosificados que deben permanecer inmóviles durante la muestra, sin poder comunicarse con el público.
Vanesa Beecroft en el Guggenheim Museum, 1998
Para leer la tercera parte ir a este enlace.


ENLACES/FUENTES:
http://lapizynube.blogspot.com.ar/2012/05/arte-contemporaneo-y-erotismo_21.html

Arte contemporáneo y erotismo

Primera parte. La pornografía
Natalia Lach Lachowicz, Consumer Art, 1975
El arte contemporáneo debe continuamente enfrentar el desafío de conservar sus distinciones con respecto a las imágenes mediáticas. Esta aseveración es de por sí discutible, ya que no les falta razón a quienes afirman que el arte es, en sí mismo, un producto mediático. La antigua oposición entre arte y cultura de masas, o industria cultural -como la llamaba Adorno- parece cada vez más inoperante. A estas altura, las distinciones entre las imágenes mediáticas y las creaciones artísticas son difíciles de precisar, al menos si uno permanece apegado a las superficies visuales, en un plano meramente formal o estructural. Pensar que el arte actual es novedoso, en contraste con la industria cultural -que supuestamente repite fórmulas que han demostrado ser exitosas- es una simplificación. Gran parte de las creaciones de las úlltimas cuatro décadas se basan repeticiones, cuando no en apropiaciones y parodias de obras del pasado, y el gesto mismo de la cita o la referencia es un procedimiento más  o menos exitoso y consolidado.
Cesar, Compression.

El arte sigue conservando sus diferencias en otro ámbito por completo distinto: el de su inserción dentro de un circuito, hiperprotegido y en muchos aspectos artificialmente hermético, donde es legitimado y reconocido como arte. Es decir, las obras  participan de un sistema donde las imágenes adquieren funciones distintas a las que poseen en la industria del entretenimiento, la publicidad y el consumo. Esto es algo bastante conocido. Sabemos, por ejemplo, que uno de los automóviles comprimidos del artista francés Cesar se distingue de las chatarras que pueden encontrarse en un basurero sobre todo por la autoridad del creador y por su legitimación dentro del espacio institucional del arte. 

Sin embargo, este circuito a su vez forma parte de la cultura mediática. Hace ya  medio siglo, el crítico de arte norteamericano Harold Rosenberg afirmaba, en El arte y sus dobles, que las revistas, el museo y las galerías eran parte de los mass-media. Algunas muestras de grandes instituciones han enfatizado este contagio del museo con la industria del entretenimiento y la publicidad. Pensemos en las exposiciones que dedicó el Guggenheim Museum a las motocicletas y a la colección Armani , o la que el Metropolitan Museum of Art dedicó a Jackie Kennedy, en el 2001. Desde hace mucho tiempo una exposición de Matisse o de Picasso son acontecimientos mediáticos, de un éxito innegable, al igual que muchas de las manifestaciones de arte público, como las obras de Christo,o los performances de Marina Abramovic, que en otro momento aspiraban a integrar el arte a la vida. El arte, como lo han demostrado artistas como Warhol, Basquiat, Hirst, Tracey Emin y Jeff Koons, tiene también sus versiones ‘artísticas’ de Paris Hilton, Madonna y Lindsay Lohan.

La diferencia del arte consiste en que participa de la cultura mediática contemporánea afirmándose a sí mismo como algo distinto a las imágenes divulgadas por la industria del entretenimiento. Su singularidad no reside tanto en atribuirse sentidos más complejos, más plurales y abiertos; como en establecer un diálogo con respecto al arte del pasado y al del presente. Las imágenes artísticas también se presentan como obras que poseen un carácter irrepetible, efímero o de una reducida reproductividad. (que les permite conservar su valor como mercancía). Algunos artistas, como Seth Price, han jugado con la posibilidad de destruir este carácter limitado; pero lo hacen a sabiendas de producir un experimento en sí mismo exclusivo y novedoso, donde emerge la figura del autor como el encargado de poner la noción de ‘aura’ o de objeto único entre signos de interrogación.

Franz Von Bayros, Amantes elegantes, 1907


El erotismo y la sexualidad fueron tradicionalmente motivos asumidos por la obra de arte. A veces se trató de representaciones escandalosas –como las pinturas de Courbet y Manet-, a veces de obras prohibidas o que circularon clandestinamente, como las novelas de Sade y muchos de los libros con ilustraciones pornográficas entre los siglos XVI y XIX. Pero la imaginería erótica era, en gran medida, un dominio del arte y la literatura. Esto comenzó a cambiar con la aparición de la fotografía, que en sus inicios no fue considerada como arte, y con el desarrollo del mundo del espectáculo, en la segunda mitad del siglo XIX. En la actualidad el erotismo y la sexualidad pertenecen de lleno  al ámbito de la cultura de masas. Tanto es así que, como ha afirmado con frecuencia el pensador esloveno Slavoj Zizek, el imperativo moral del mundo contemporáneo es la exigencia de disfrutar. Si en el pasado la satisfacción del deseo sexual generaba complejos de culpa; en la actualidad lo que suele suscitar remordimientos es la impresión de no haber experimentado el suficiente placer. Si el psicoanálisis clásico hablaba de la sublimación como un proceso doloroso, donde el individuo domesticaba y refinaba las compulsiones sexuales, mientras producía elevados valores culturales y engendraba síntomas neuróticos; en los años sesenta el pensador francés Herbert Marcuse, encontraba pertinente acudir al término ‘desublimación represiva’.  Es decir, la incitación a disfrutar de una sexualidad, impuesta como un mecanismo de poder que, según creía Marcuse, enajenaría al proletariado de la crítica al capitalismo y la toma de consciencia de clase, obstruyendo la posibilidad de la revolución social en un momento en que, gracias a los avances sociales y tecnológicos, los obreros poseían un mayor tiempo libre y, por ende, una mayor capacidad para conocer los resortes opresivos del capital.

Ilustración del libro Juliete del Marqués de Sade, 1797

Si en el pasado el erotismo era un motivo propio de las representaciones artísticas, y poseía un carácter emancipador, cuando no libertino; en la actualidad las imágenes mediáticas producen una abrumadora cantidad de representaciones eróticas, que tienen según muchos autores (y no sólo de acuerdo con marxistas como Marcuse y Zizeck) un carácter represivo.No hay dudas que el erotismo en el arte contemporáneo ha cumplido la misma función de llamar la atención que tiene en el ámbito mediático. ¿Cómo, entonces, podría el arte proponer imágenes sexuales que se distingan de las que produce la publicidad, el cine comercial y la pornografía? ¿Qué podrían tener de liberadoras dichas imágenes?

Lynda Benglis, Anuncio para ArtForum, Nov. 1974
Una de las posibilidades consiste en llevar las imágenes sexuales de la cultura de masas al circuito del arte. Lo que se conmociona es precisamente el circuito de distribución del arte. Al mismo tiempo que se dejan entrever cuán difusos pueden ser los límites entre las imágenes mediáticas y la alta cultura. Un formidable ejemplo lo constituye la página publicitaria que la artista norteamericana Lynda Benglis creó para la revista ArtForum, en 1974. Benglis se mostraba desnuda, con su mano sujetando un inmenso consolador. Es curioso que mientras gran parte del arte contemporáneo aspira a escandalizar, las revistas de arte suelen ser bastante comedidas. Mediaciones que atenúan la provocación, y, al mismo tiempo, la propagan. Benglis y ArtForum se propusieron perturbar al mundo artístico al presentar una imagen marcadamente obscena. La artista se servía de la pornografía –tradicionalmente asociada a la mirada masculina-  para, como afirmara la propia autora, burlarse de ambos sexos.  

Un procedimiento similar emplea la menos conocida artista polaca Natalia Lach Lachowicz (nacida en 1937). En su serie de fotografías titulada Consumer Art -exhibidas por vez primera en la IX Bienal de París, en 1975- Lach-Lachowicz se autorretrata como un objeto sexual, que se somete a la mirada masculina, como una imagen para ser consumida, sin tal vez dejar de experimentar placer. Lach-Lachowicz no se identifica con los feminismos radicales y, por ende, no se representa a sí misma como una figura atormentada o pretendidamente obediente. Podría parecer sorprendente que su serie de fotografías fuese la representación del gobierno polaco para el evento parisino. 

Natalia Lach-Lachowicz, Post Consumer Art, 1975
El título de las obras, con la supuesta crítica al capitalismo,  habría podido ser un subterfugio para saltarse las censuras. O quizás se trataba de esas aperturas ocasionales que se permitieron los socialismos de Europa del Este.

El  pintor Vladimir Dubossarsky, uno de los exponentes del denominado arte Post-Comunista, aprovecha las imágenes pornográficas para incluirlas en formas y recursos retóricos del realismo socialista. En su lienzo Celebración de la cosecha (1995),el trabajo es sustituido por la bacanal. Dubossarsky, procura crear obras en las que explota los puntos en común entre el pop y el realismo socialista.
Vladimir Dubossarsky, Celebración de la cosecha, 1995
Una conocida figura que acudió a imágenes pornográficas para celebrar el placer sexual y trastocar el escenario artístico fue Jeff Koons. Cuesta trabajo separar entre el afán de alcanzar reconocimiento, el narcisismo y sus coqueteos con el mal gusto.
Jeff Koons, Hand on Breast (la mano en la teta) de la serie Made in Heaven, 1990
En un arte que suele llamarse arte Post-feminista, abiertamente en contra de las militancias más radicales, la representación de imágenes sexuales ha supuesto una vuelta al erotismo, caracterizado por el humor, la fantasía, las sutiles deformaciones, encaminadas a crear efectos grotescos, relacionados con una celebración del placer en lo que posee de autonomía y de crítica frente a los feminismos extremos. También son   esfuerzos por rescatar la pintura, por actualizarla con referencias a imágenes salidas del mundo porno o de la ilustración. Tal es el caso de los lienzos de la pintora norteamericana Lisa Yuskavage (nacida en 1961). En sus trabajos el erotismo tiene que ver con el ensueño, con la fantasía y hay elementos del comic y mezclados con un gusto intencionalmente cursi.
Lisa Yuskavage, Pintura.

Terminaré este primer segmento con un enlace a un texto anterior sobre el pintor John Currin, quien al igual que los artistas anteriormente mencionados, acude al lenguaje de la pornografía.  Para leer el texto sobre Currin, hacer clic aquí. 

Para leer la segunda parte de este texto ir a este enlace

ENLACES/FUENTES:
http://lapizynube.blogspot.com.ar/2012/05/arte-contemporaneo-y-erotismo.html